lunes, 21 de marzo de 2011

Marihuana


Recibí la invitación un viernes de colegio me sentí animado, pero no lo suficiente para ir solo. Para mi fortuna tenía un buen amigo que fumaba y que sabía, estaría dispuesto y encantado de acompañarme. Dije en mi casa que saldría a la casa de un amigo y comeríamos afuera, me dieron unos muy jugosos diez mil pesos que sirvieron para bajar con Juancho, mi pana, a la plaza de las playas a comprar 10 bareticos de mil pesos. Encendí el carro nuevamente y pasamos por el colegio donde estudiábamos, y recogimos al gordo y al loco, otros dos cómicos personajes que al igual que yo habían recibido la invitación del viejo Lavoe (asi le decíamos por su afición a la salsa brava y a la hierba). Nos encaminamos hacia el trianon en envigado. El gordo y el loco se quedaron atónitos al ver la pequeña bolsita ziploc repleta de cigarros de hierba. Cuando llegamos a la unidad de teban, encalete los baretos en el bolsillo de mi sudadera y cerré bien el carro.

Ahí empezó la travesía. En la parte posterior de la unidad de teban, había una cerca viva, hecha con una extraña planta de hojas muy anchas y verdes, la cual atravesamos, y al cabo de cinco minutos llegamos a un alambre de púas que demarcaba los límites legales del conjunto residencial “Guayacanes”. Cruzamos el alambrado y pasamos por una pequeña quebrada luego del cruce, saque el primero, lo encendí y fume con fuerza, lo retuve un buen rato, y exhale ese hermoso humo blanco. Saque otros cuatro y se los entregue a Juancho, al gordo, al loco y a teban el último fue rechazado, el tenia los suyos, cosa que me alegro bastante.

luego de avanzar un rato rio arriba, nos encontramos con una piedra enorme y musgosa que impedía el paso, nada que un plon de bareta no pudiera solucionar, nos aferramos a unas ramas y trepamos, bueno, todos menos el loco, que se resbalo y cayó en el pequeño lago que formaba la quebrada. Cuando logro subir, que todos nos encaminamos nuevamente, nos encontramos con un camino de herradura el cual seguimos por unos veinte minutos.
Al borde del camino, encontramos dos huecos bastante profundos, deducimos que eran fosas comunes, pero para ese momento, la marihuana estaba tan adentro de nuestros sistemas nerviosos que pudimos haber llegado a esa o a cualquier otra conclusión.

Por fin luego de esos extenuantes cincuenta y cinco minutos de caminada a campo traviesa, llegamos al paraíso. Era la cima de un cerro envigadeño que permitía divisar todo el valle de aburra. Me acomode en el pasto y saque uno más, lo encendí, me puse mis gafas ray ban negras de marco dorado (que aún guardo en el carro familiar) y comencé a fumar y a disfrutar del paisaje. Aun no soy consciente de cuánto tiempo pasaría entre la llegada al paraíso y el comienzo del descenso, pero esto, fue lo que sentí.

Fui consciente de cómo el humo consumía mis pulmones y hacia palpitar más rápido mi corazón, la vista se tornaba nublosa a veces y podía sentir como cada poro de mi piel se abría y se cerraba en una sensación increíblemente adictiva. La sed se apoderaba de mi garganta, haciendo que mi paladar y mi lengua se agrietaran como el suelo más árido del desierto.
Sentía como mis manos y pies flotaban en un mundo paralelo sin alucinaciones pero con el mayor de los placeres, porque me sentía libre.

Llego el momento de pararme para iniciar la bajada y comenzó mi pesadilla revise la bolsa y solo quedaban tres tres humildes e insignificantes baretos de diez que había comprado. Mi cuerpo comenzó a temblar, las gotas de sudor gélido bajaban por mi frente como si hubiesen abierto una canilla en mi cabeza. Descanse un rato y entre todos me ayudaron a bajar.

El descenso no fue por el mismo lugar, en vez de eso, descendimos por un cafetal que nos conducía directo a aquella cerca que dividía el paraíso con el mundo real, la atravesamos, resbale y rodé y cuando menos pensé, estaba de nuevo en el parquecito que me había visto atravesar aquella cerca viva de hojas anchas para embarcarme en una de las mas grandiosas aventuras de todas.

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