Fue una manera rara de comenzar a vivir algo nuevo, Yo estaba recién llegado de la hermosa península argentina, y siendo sincero, me sentía desubicado, solo y aburrido en una ciudad de clima tan “perfecto” y encerrada por montañas.
Viaje para completar mis estudios en leyes, y llegue a Medellín hace ya, dos semanas. En la facultad, parecía un pequeño y peludo conejillo de indias, todos me miraban de manera rara, y en los pasillos se escuchaba ya el rumor de que un argentino estaba estudiando allí. Para mí era algo casual, ver como la gente me tratara como una especie de dios, los hombres me miraban con cierto recelo y envidia, y las nenas me observaban fijamente y a hurtadillas con unas intenciones que… que simplemente no sentía agradables.
Comenzó la mañana del viernes con una terrible clase de derecho penal a las 6 de la mañana. Entre a mi salón, algo tarde y no te algo nuevo… una chica en la parte posterior que no me miraba como un bicho raro, simplemente no me miraba. Se me hizo extraño y para ser sincero, despertó un enorme interés en mí.
Salí de mi clase a tomar un desayuno rápido, y mientras un delicioso trago de café colombiano pasaba por mi áspera garganta, maltratada por el cigarrillo y el licor, la vi acercándose a la pequeña tienda. Camino un poco y se sentó en la mesa más próxima a la mia. Me voltee, y de un brinco cambie de mesa. Ella me miro creyendo que era un pícaro ladrón o un violador empedernido… Gracias a mi cambio de mesa obtuve un crudo y seco “¿Qué querés?”.
Aquí saque mis dotes de gaucho y le dije, como si fuera una amiga de infancia lo que me pasaba y lo que sentía respecto a la gente paisa. Le dije que me sentía raro, que para mí era extraño e incomodo sentir que me miraran como un marciano que deambulaba por los corredores de la universidad. Ella solo se limitaba a mirarme a los ojos y digerir la saturada información que le estaba dando.
Luego solo hubo silencio, de parte y parte, ella miro su reloj, ya marcaban las 10 menos un cuarto. Me dijo que tenía clase pero que la conversación no iba a morir ahí. Me pasó su número móvil y me pidió que la llamara para ir a almorzar.
Yo espere a que fueran las 12 del día para llamarla, quedamos de encontrarnos en un restaurante próximo a la universidad a las 12:30. Llegue un poco más temprano para no hacerla esperar y me dedique a ver como pasaba la gente y como los que estaban en el restaurante (incluyendo los dos meseros) me miraban como lo había hecho el resto de la gente los últimos 15 días.
Pasadas las 12:30 llegó. Me sentí algo feliz de poder sentarme con alguien a desahogarme sin tener la necesidad de una copa de alcohol (apropósito, el Aguardiente antioqueño es quizás el néctar mas delicioso que haya pasado por mi selectivo paladar). Yo pedí un churrasco para mi almuerzo, ella pidió una bandeja paisa (quede sorprendido). Ella comenzó a hablarme de su vida, me dijo que le gustaba mucho la producción cinematográfica, pero su papá pensaba quera una carrera para locos y vagos desocupados, algo con lo que sin duda estuve en total desacuerdo. También me dijo que le parecía algo bobo que la gente me mirar extraño, como si yo fuera el único gaucho en tierras colombianas.
Terminamos el delicioso y costoso almuerzo y me pidió, nuevamente, que la llamara en la noche para salir a hacer algo.
Me invito a un excéntrico parque donde me sentí identificado, habían bares por doquier y restaurantes de todo tipo. Me tome unos tragos en su satisfactoria compañía. Me sentía bastante extraño, esa tarde en la facultad no había notado su extraordinaria belleza latina, su cabello castaño y esos oscuros ojos que parecían perderse en un profundo abismo. A eso de la media noche me invito a un lugar que a ella le parecía fascinante. Llegamos en su carro a un mirador gigantesco del que se divisaba la enormidad de esta pequeña ciudad. Pedimos un par de bebidas calientes (yo hubiese preferido un mate caliente pero el chocolate no me molesto).
Hubo un momento mágico, allí arriba, en medio de la niebla y el nostálgico frio, nuestros labios se chocaron en un dulcísimo beso de texturas aterciopeladas. Para mí fue algo nuevo, en argentina, las nenas no solían hacer eso, por lo menos no con personas como yo (sueldo de estudiante y carencia de vehículo automotor).
Al otro día recibí una llamada de ella a eso de las 3 de la tarde, me despertó. Me dijo que nos encontráramos nuevamente en el bar donde ya habíamos estado en la noche anterior. Allí estuve muy puntual, esperándola con ansias. Sentí como unas frías y suaves manos cubrían mis ojos y una tierna voz que decía “¿adivina quién soy?” (Pues verán en vista de mi escasa vida social, no fue difícil adivinar) me voltee y la bese en esos carnosísimos labios que tanto me gustaban. La invite a una cerveza colombiana. Al son de esa cerveza (y de otras cuantas mezclas alcohólicas) me rebelo cosas de su pasado, me develo sus expectativas y luego de un hermosísimo silencio pronuncio un “Te quiero” que me llego al alma.
Esa noche llegue a mi apartamento con una sonrisa gigante y más ilusionado que nunca, por fin veía un motivo para quedarme en esta ciudad enclaustrada por montañas y con una aguja en el centro (un extraño edificio en el centro en forma de aguja, el “coltejer”)
Llegue el lunes a la universidad con ganas de verla. Salí de mi clase a las 10 de la mañana y fui a la cafetería donde me gustaba desayunar. Allí estaba sentada, tomando un café y con alguien más acompañando su mesa. Desde las escaleras vi con un extraño dolor, como lo besaba, como le regalaba mis besos a un ser humano que para mí fue repugnante unos pequeños instantes.
El beso se detuvo y vi que ella saco su móvil, se lo coloco en la oreja e inmediatamente, mi móvil comenzó a sonar, ella volteo, me miro. Yo conteste y lo único que pudo salir de mi boca fue… “que lastima darme cuenta que solo eres un contacto más en mi teléfono celular”
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